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PABLO MALIA Y LA FUNDACION DE BARBATE (III)

Por Antonio Aragón

Siguiendo con los rasgos físicos, el poeta Francisco Malia Varo asegura distinguir a los Malias por la proporción en los huesos de las piernas, o mejor, desproporción: los fémures de todos ellos -incluido los del propio escritor- son de tamaño superior al normal en comparación a tibias y peronés. Tal distinción puede hacer adivinar si estamos o no ante un Malia. Quién sabe, lo que hoy son conjeturas, dentro de poco podrá confirmarse o refutarse con análisis genéticos menos costosos de lo que ahora resultan.


Más interesante que el aspecto físico de Pablo Malia es su perfil sicológico. La tradición hace hincapié en que había salido de Malta porque su padre favorecía a un hermano suyo. Aquí aparece el asunto de los celos fraternales, que por extensión lo son de todo tipo en los Malias, según los más antiguos. Corroborar este dato, como puede suponerse, es de todo punto imposible, pero el hecho de que abandonase el hogar con 15 años demuestra, cuando menos, un gran carácter. No se trata simplemente de prescindir de la protección filial -en realidad no sabemos con certeza si los padres aún seguían vivos- lo que en realidad pesaba era el hecho de que, en aquella época, dejar el lugar en que se vivía para realizar un viaje de cientos de kilómetros era tanto como exponerse a no volver nunca. La decisión debió por tanto ser drástica para un muchacho de 15 años, y tuvo que obedecer a una causa en consonancia con ella. Casi todos hemos soñado con escapar de casa en ese intervalo de edad tan difícil que va de los 13 a los 18 años, pero tal resolución la afrontan muy pocos: la incertidumbre del futuro suele ser más poderosa que la certeza del presente.
Un dato que parece a este respecto determinante es que Pablo no deja la isla solo. En concreto lo acompañan su tío Sebastián Mallía y su primo Pedro Borrer. No es infrecuente que ante una confrontación familiar el resto de la familia tome postura por cada uno de los que se enfrentan, pero hasta el punto de acompañar una huida del hogar es mucho decir. Mas bien habría que apartar por un momento a Pablo del centro de atención y poner en su lugar a su tío Sebastián, el mayor de los tres que embarcan rumbo a España. Sabemos que, en la época que salen de Malta, a mediados del siglos XVIII, el archipiélago se hallaba bajo un gobierno despótico, y que la población crecía por encima de lo que las islas podían alimentar. Ambas condiciones obligaron a una emigración constante, y no es por tanto extraño que en este contexto Sebastián Mallía decidiese salir, y que dos jóvenes de la familia se le unieran. Si Pablo lo hizo por despecho, puede que nunca lo sepamos. Desde luego es fácil que en tesituras de crisis como la que vivió Malta entonces, un padre tuviese que escoger entre ayudar a un hijo u a otro, puesto que matemáticamente era imposible proporcionar una vida estable a todos.

Para dilucidar la cuestión, quizás el árbol genealógico de los Malias venga en nuestra ayuda (Ver ilustración). Sabido es la costumbre mediterránea de bautizar a los hijos con el nombre de los abuelos. Hoy en día, la modernidad ha impuesto la moda de los nombres exóticos y extranjeros con los que a veces en los juzgados no pueden habérselas dado que ni los propios padres saben escribirlos. Pero hasta hace poco prevaleció el deseo de perpetuar el nombre de los ascendientes. Esto muy bien puede trasladarse al Maltés. Ciñiéndonos a los datos, que juzgamos precisamente por esto creíbles, sobre los nombres de los padres de Pablo, nos encontramos con que éste, en su primer matrimonio con Paula Ferrer, bautiza con el nombre de su propia madre, Rosa, a su primera hija; y a su segundo hijo, Miguel, le pone el nombre del abuelo. En consecuencia, Pablo no se ha olvidado de sus padres, no parece haber proyectado su rencor -si es que existió- sobre su familia. Y esto no hubiese sido ninguna extrañeza, a tenor de lo que pasó luego.

En el segundo matrimonio de Pablo, el de Juana Barrera, tiene tres hijos: Miguel (otra vez el nombre del abuelo maltés), Alonso (por el padre de Juana), y Manuel (por Manuela, la madre de Juana). Hasta aquí todo normal, normal para la época claro. Lo curioso viene luego. De estos tres hijos, sólo uno, Alonso, tiene descendencia masculina. Más exactamente, Tomasa Fuentes, su mujer, dio a luz 6 hijos, de los que cuatro eran varones. Pues bien, Alonso no bautizó con el nombre de Pablo a ninguno de ellos. Sí puso el nombre de Juana, su madre, a una de sus hijas, y los nombres de los padres de su mujer Tomasa, pero no el nombre de su padre, Pablo. Luego, los nietos del Maltés, una vez casados y en cumplimiento de lo preceptuado socialmente bautizarán a los hijos con el nombre de los abuelos, y así Alonso y Tomasa serán nombres que pervivirán en el árbol genealógico, perdiéndose definitivamente el nombre de Pablo. Bueno, casi. En 1948, Manuel Malia Ramos, conocido por Taró, renunció a que su nieto llevase su nombre a favor del de Pablo, en recuerdo del Maltés. Pablo Sánchez Malia da fe hoy con su persona de la verdad de este aserto. Había pasado un siglo y medio desde que el Maltés arribara a esta tierra. Más recientemente tenemos otro caso parecido, el de Pablo Núñez Moreno, que ha recibido también el nombre en recuerdo de su antepasado. Todo lo cual prueba, además, la pervivencia de una tradición hondamente sentida.

¿Cabe la posibilidad de que Alonso pusiese el nombre de Pablo a un hijo que luego falleció? No lo creemos, porque ni la tradición ni los documentos han dejado testimonio alguno. Además, de haber sido así, era costumbre bautizar a un nuevo hijo o a cualquier otro miembro de la familia con el nombre del difunto, cosa que no ocurrió.

Pero, ¿por qué Alonso Malia, hijo del Maltés, se saltó la norma? ¿Es que no quería saber nada del padre? ¿Es que Alonso habría sufrido en sus carnes la preferencia de Pablo -heredada o no- por uno de sus hijos? Nunca lo sabremos. Lo cierto es que el Maltés vivió lo suficiente para descubrir cómo su nombre era relegado, algo que entonces suponía una humillación, y que su memoria sólo podría perpetuarse con la historia de su vida, que muy bien pudo contar a sus nietos: un acto de afirmación que no sabemos si perjudicó a la objetividad de lo relatado.


El único rasgo de la personalidad de Pablo del que podemos estar totalmente seguros deviene del hecho de que supiese leer y escribir, pues siempre firmó sus papeles, hasta el punto que recoge en su rúbrica la españolización de su nombre, yendo más o menos progresivamente de Paulo Mallía a Pablo Malia. Sus conocimientos los traía ya de Malta, pues desde un principio hallamos la firma de su puño y letra. Esos conocimientos en aquella época no eran muy normales, ni siquiera en el archipiélago, y obligan a pensar en una buena educación que sólo podían permitírsela muy pocos. Pero deducir por ello, como pretenden algunos, una ascendencia aristocrática, es demasiado. Lo que sí puede deducirse es una personalidad acentuada por el hecho de tener acceso a una enseñanza vedada para la mayoría. Esta distinción es fácil que se trasmita a los descendientes, y desde siempre los Malias tendrán fama en Barbate de ser gente amante de la lectura y de la escritura.

En relación con esto, se halla la manía a la que ya aludíamos antes de fijar en papeles todos los negocios, convirtiéndolos en actos jurídicos, y esto en una tierra donde la mayor parte de las compraventas siempre se hicieron de palabra. Otro rasgo más de la educación maltesa de Pablo que los historiadores locales nunca agradecerán lo bastante.
Para terminar, la misma decisión de trasladarse a nuestra zona deja entrever una personalidad muy fuerte y activa. Parece ser que la venta de género y ropas había dado paso a la pesca y venta de pescado. A partir de ese traslado a Barbate, Pablo Malia logró hacerse de un capital nada despreciable, a juzgar por las propiedades que llegó a escriturar, y que ya hemos referido: nada menos que cuatro casas en Vejer, una habitación y una bodega en Barbate, un huerto en La Barca, una viña en La Oscuridad, un falucho... No fue por tanto Pablo Malia una persona tan humilde como se pensaba, ni mucho menos, llegando a poseer infinitamente más de lo que ningún pobre del Antiguo Régimen podía siquiera soñar. Pero ¿era posible que un hombre dedicado a pescar y a vender sus capturas alcanzara la fortuna que logró Pablo? Categóricamente no, y sobre la posible causa de esa fortuna habrá que volver más adelante. De todas formas, parece evidente que además de poseer una personalidad fuerte, Pablo Malia debió de ser un hombre inteligente y con suerte en los negocios, única forma de explicar su salida de la miseria.

 

 

Pablo Malia en Barbate

Si hubiésemos de biografiar al pueblo, personalizándolo, diríamos que su nacimiento es reciente considerando el tiempo histórico que nos enseñan los manuales. Aparecen restos antiguos, más que antiguos, y aunque no se tiene constancia de calles ni casas romanas, algunos vestigios demuestran una ocupación de época imperial, tal vez magnificada por hallazgos en demasía de tumbas y monedas.


Que hubo una ciudad llamada Baesippo o Becipo, quién lo duda. La citan Pomponio Mela y Plinio el Viejo, que para nuestro interés difícilmente pudieron plagiarse, pues Mela nació en alguna parte del Estrecho -se discute si Tarifa o Tánger- y Plinio comandaba una flota en el Mediterráneo Occidental, por lo que indudablemente conocían personalmente la zona. Pero la ubicación exacta de Baesippo o Becipo sigue siendo hoy por hoy un misterio.


De un modo u otro, la existencia de una ciudad o siquiera una aldea significativa en la desembocadura del río Barbate es difícil de probar antes del siglo XIX. Parece que los árabes ocuparon el lugar, tal vez construyeron un castillo, Warbat, cuyo nombre originó o se originó de la denominación con la que se designaba la vía fluvial que lo rozaba. La importancia de otro castillo, el de Santiago, no ha sido aún bastante ensalzada. Su uso como apoyo a un puerto base para las almadrabas de Conil y Zahara por parte de los duques de Medina Sidonia parece fuera de toda duda. Como también lo parece el que no diese lugar a una entidad de población a su alrededor, por mor de no se sabe qué circunstancias, aunque la piratería ha podido ser la principal, y las levas -como hemos visto- han obrado igualmente y con posterioridad como efecto disuasor para una ocupación humana permanente.


Cuando Pablo Malia llega a Barbate, hacia 1778, descubre en la costa ese castillo en ruinas, y en el interior una ermita de fundación o refundación antigua. La debacle del castillo de Santiago la conocemos por la Relación de 1756, donde literalmente se dice: "Castillo de Santiago de Barbate. Se halla enteramente arruinado a un tiro de fucil de la boca del río, y en una Barraca de Fagina se mantienen dos atalayadores ". Los motivos de su abandono, posiblemente anterior a esa fecha, quizás puedan encontrarse en el Archivo Ducal (la actual duquesa afirma que en 1738 aún tenía guarda el castillo), no obstante, podemos adelantar que el cambio del curso del río, que trasladó su boca unos 1.000 metros hacia el Este, anuló la principal causa por la que se había construido: vigilar la entrada del cauce fluvial, vehículo de frecuentes acciones piratas.

El hecho de que no se volviese a construir otra fortaleza, denota la pérdida de importancia económica a que había llegado la zona con respecto al siglo XV. El uso de las piedras del viejo castillo para las nuevas construcciones levantadas en la calle Real debió comenzar a principios del XIX, cuando las acciones piratas eran raras y la aldea de Barbate comenzaba a aprovechar los sillares y grandes piedras para construir las nuevas viviendas.


En cuanto a la ermita, conocida con el nombre de San Paulino y reedificada en el siglo XVI por los duques, mantiene sus muros y su liturgia a decir de la actual duquesa, que refiere que aún en 1788 se da limosna en ella a San Benito. La orden benedictina está desde tiempo inmemorial ligada a los ermitaños, pero el siglo XVIII no es el XIII. Si la ermita se mantuvo por siglos conviviendo con los pobladores del castillo y del puerto barbateño, quién negará que ahora lo haga con los aldeanos.

Al menos la existencia de esos aldeanos está documentada en fechas contemporáneas a la llegada del maltés, tal como recoge Antonio Muñoz valiéndose de los legajos del Archivo Provincial:"Hacia 1740 se hallaban ejerciendo la pesca Mateo Pareja, Agustín de Molina y sus hijos, quienes veinte años más tarde emparentarían con los Varos y con los Muñoz. Por estas mismas fechas (1760-70) se producía la llegada a Vejer del comerciante maltés Pablo Malia, que acabó por fijar su residencia en Barbate, y es tenido hoy por uno de sus fundadores. Una parte de la población marinera compartía el año entre las almadrabas de Zahara y la pesca por su cuenta o enrolado con alguno de los patronos de las escasas embarcaciones existentes. Ambrosio de Molina era en 1779 patrón y propietario de 'un barco jábega nombrado S. Joseph y Ánimas".


En el Catastro de Ensenada se mencionan seis marineros matriculados y diez embarcaciones pesqueras pertenecientes a Vejer. No obstante, resulta difícil deducir si los marineros que vivían permanentemente en Barbate eran más o eran menos, puesto que todas las posibilidades caben. Está claro que, viviesen aquí o no, el número tenía que ser forzosamente superior, pues las diez embarcaciones necesitan al menos diez marineros, aunque si aparecen seis no es porque, como dice Juan Romero, el duque estuviese engañando al fisco (al duque el número de marineros matriculados incluidos en el Catastro ni le iban ni le venían), sino por la prevención de una leva indeseada. En realidad, obvia decirse que no había más de seis marineros matriculados, pues el dato de la matrícula se podía perfectamente cotejar. El problema está en si vivían ya en Barbate, en Zahara, o el domicilio lo tenían en Vejer.

Un dato recogido por Domingo Bohórquez quizá nos ayude. En él se apunta la existencia de algunas familias en el lugar coetáneas a Pablo Malia. En concreto se trata de un testimonio ducal sobre la presencia de pescadores en la desembocadura del Barbate, que a la vez nos confirma la inoperancia del castillo. Estamos en 1777: "(...) a distancia como de un quarto de legua del mismo Tajo está la Raya de Barbate, donde pescan de continuo diferentes jávegas.Y en la misma playa, a corta distancia del mar, está el castillo nombrado de Barbate, ya enteramente arruinado pues sólo susisten algunos paredones y un pedazo de torre".


Nada se nos dice en este documento sobre la ermita del lugar, aunque como hemos referido, la duquesa ha testimoniado sobre su existencia en aquella fecha. Es más, no hay razones para creer que la ermita fuese abandonada más tarde, pues había sobrevivido a tiempos peores. Testimonio de su continuidad bien pudiera ser el reflejado por Madoz hacia 1845. Sobre él volveremos más adelante. Ahora, baste consignar que la llegada de Pablo Malia no se hizo a un lugar inhóspito, que aunque el castillo estaba ya en ruinas, se pescaba de continuo, y la ermita funcionaba, o sea, daba misas, pues recibía limosnas.

Ahora bien, el documento citado por Bohórquez es de 1777. Sabemos por la tradición que los pescadores de Conil venían a pescar a Barbate y, mejor, está documentada la residencia por esas fechas de Pablo en Vejer. ¿Quién no dice que el Malia sea uno de los han decidido instalarse a partir de una pesca discontinua? ¿Quién no dice que la ermita sea en esa época propiamente una ermita, o sea, no esté rodeada de población estable?


Lo más factible, visto todo lo que llevamos hasta ahora, es pensar que los efectos de la Matrícula de Mar, que incidieron de forma catastrófica en una población en principio de pescadores como era la de Conil, fueron aún más drásticos para Barbate, que contaba con muchos menos marineros y por tanto resultaba más frágil: en 1794, nos dice Antonio Muñoz, el arrendador de la venta de licores de Vejer manifestaba la "falta mui considerable de consumidores (por) el inesperado accidente de la guerra, la calamidad del tiempo (y las) levas y sorteos". Si en Conil y en Vejer una nueva situación podía alterar gravemente el progreso de la población, en un Barbate embrionario no podía ser menos que fatal.


Castillo de Santiago de Sanlúcar de Barrameda, similar según escribió Antón Solé al que tuvo Barbate.
Foto Antonio Aragón

 


 

 

     

(c) "to Barbate" A. Aragón. Artículo realizado en 2002.

www.tobarbate.com, 2007

 
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