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EL HUNDIMIENTO DEL JOVEN ALONSO

EL HUNDIMIENTO DEL JOVEN ALONSO
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         A fines de la década de los 50 el pueblo de Barbate, que entonces no sobrepasaba los 20.000 habitantes, tenía el grueso de su flota pesquera faenando en aguas marroquíes, entre Larache y Mazagán. Eran más de 60 barcos de madera y de pequeño tonelaje conocidos por el nombre de“traiñas”, y casi todos construidos en arsenales locales,  que empleaban las artes de Cerco y Jareta para coger boquerones, jureles, caballas y sardinas.

   Como las faenas se realizaban manualmente, hacinados en camarotes incómodos y desprovistos de las más elementales normas higiénicas, cada buque empleaba a unos 40 marineros. A cientos de millas del puerto base, la pesca solía durar unos veinte días, aquellos que coincidían con la Luna Nueva y que en la jerga marinera se conocían por “el oscuro”. Cierto que a la vela latina tradicional se había venido a sumar, ya desde los años 20, un motor de gasoil, pero eran máquinas de escasa potencia y poco fiables, hasta el punto que apenas el viento soplaba a favor se largaban velas, así se llegaba antes y además se ahorraba el gasto de combustible.

   En aquella época aún  no existían temporadas de descanso en las que amarraban los barcos, por lo que el mal tiempo podía sobrevenir en alta mar, haciendo imposible el refugio en cualquier puerto cercano. Los marineros lo sabían, pero su sustento dependía exclusivamente del acopio de pescado, viéndose por ello obligados a correr el riesgo. Además, el diseño de la “traiña”, al que se había llegado tras siglos de experiencia acumulada por carpinteros de ribera profesionales y conocedores de las amenazas del océano,  era el mejor para salvar los temporales que en invierno azotaban las costas del Estrecho. De facto, buques de gran tonelaje no salían o se refugiaban en el puerto más próximo, mientras las “traiñas” afrontaban el azote de las aguas más bravas.

   Pero la excepción, el que un barco de Barbate se hundiese por efecto de uno de esos temporales, siempre podría darse. Esto fue lo que ocurrió aquel 8 de diciembre de 1960. Fue una de las peores noches que se recuerdan en el pueblo, por la lluvia torrencial que caía, por los truenos ensordecedores que recorrían el cielo, por los relampagos que iluminaban cada calle como si fuese de día y, sobre todo, por el interminable esperar a la flota que había ido a faenar y que volvía aquella noche a Barbate cuando se vio sorprendida por el temporal en lo peor del Estrecho.

   Aquel año, el nuevo puerto de Barbate aún no se había inaugurado, pero la necesidad era tanta que desde hacía algún tiempo los patrones se habían adelantado al protocolo, atracando sus barcos en los diques. A ese puerto fue casi todo Barbate a aguardar la llegada de los marineros, a pesar de que el cielo se oponía ferozmente a esa expresión colectiva de esperanza. Cómo no iba a acudir la gente, si no había familia que no tuviese un padre, un hermano, un primo o un amigo de siempre en uno de aquellos barcos.

   Dicen que olas que parecían  montañas de agua y espuma mecieron como muñecos de trapo a cada una de aquellas naves, que ya no eran más que cáscaras de nueces en una piscina. Cada barco tenía como referencia al que llevaba delante o al que le seguía, aunque sólo podían verse cuando ambos llegaban a las cimas de las olas. Así navegaron durante un tiempo, entre una mar tan embravecida, que cada minuto que pasaba y dejaba aquellos barcos intactos era un milagro. Seguramente jamás se rezó tanto ni en el puerto ni en la mar a la Patrona de los marineros, la Virgen del Carmen.

   En uno de aquellos vaivenes, alguien advirtió que uno de los barcos, el llamado  Joven Alonso, había desaparecido de la vista. Se tuvo la esperanza de que hubiese sido un espejismo momentáneo, que volviese a aparecer en la próxima subida, pero el deseo acabó sucumbiendo a la realidad. Seguramente se había hundido y, en aquellas condiciones, era imposible maniobrar ni hacer nada intentar un rescate que de todas formas hubiese sido infructuoso. El miedo se confundió con el llanto, y la pena se extendió al pueblo cuando la flota arribó y dio cuenta del ausente. Fueron 39 los hombres que se llevó el Joven Alonso a las profundidades. Aquel barco había sido construido en 1948, aunque su motor era 14 años más antiguo, con 130 caballos de potencia. Su peso era de 52 toneladas y tenía 17 metros de eslora.  En los días siguientes, amainado el temporal, se les buscó en la creencia de que las olas lo hubiesen arrastrado hacia otras costas, pero finalmente hubo que aceptar lo peor, que ni siquiera la mar devolviese unos cuerpos a los que dar una despedida digna y sentida.

  Tal fue así, que del Joven Alonso ya nada más se supo. No sólo no apareció ninguno de sus tripulantes, sino que ni siquiera se tuvo noticia de un trozo de su madera o de su velamen. Los más entendidos afirman que al hundirse se enredó en su propio arte, y se sumergió como una araña atrapada por su tela, clavando su proa en uno de los tantos bancos de arena que pueblan las aguas del Estrecho.

   Camino del puerto, hoy existe en Barbate una rotonda que recuerda en una loza de mármol los marineros perdidos en la mar. Un sencillo y sólido  homenaje, como esos hombres que con su fatigoso laboral diario levantaron este pueblo y a los que ya nadie olvidará.

       Texto original de  Antonio Aragón Fernández.
Adaptado a la Web por Ramón P García. Febrero 2002

 
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